La ilusión de la autorregulación de los mercados: no podemos romper las leyes del universo, pero sí aprender a jugar con ellas
Por Isabel Cristina Contreras
Hay una idea que parece contradictoria, aunque en realidad está en el centro de casi toda la tecnología moderna: las leyes de la física son infranqueables, pero eso no significa que estemos condenados a aceptar pasivamente los resultados que producen.
Nada puede existir violando la gravedad, la termodinámica o la conservación de la energía. Sin embargo, hemos construido aviones que pesan cientos de toneladas, naves que abandonan la atmósfera y laboratorios capaces de producir temperaturas más extremas que las que aparecen de forma natural en buena parte del sistema solar.
La ingeniería no derrota a la naturaleza. Aprende a trabajar con ella.
Un avión no elimina la gravedad: genera sustentación. Un refrigerador no destruye el calor: lo desplaza. Un cohete no deja de caer: cae de una manera cuidadosamente controlada. En cada caso, el resultado parece desafiar el comportamiento espontáneo de las cosas, pero en realidad surge de una comprensión más profunda de las mismas leyes que parecían imponer el límite.
Esta distinción es importante.
Una ley no determina por sí sola un único resultado. Define un espacio de posibilidades. Dentro de ese espacio, las condiciones iniciales, las restricciones, la energía disponible y los mecanismos de control pueden producir estados muy diferentes.
Una piedra abandonada en el aire cae. Pero un sistema con alas, motores, sensores y combustible puede mantenerse durante horas sobre el suelo. La gravedad sigue allí, actuando en cada instante. Lo que cambia es la arquitectura del sistema.
Podemos pensar algo semejante sobre la economía.
Supongamos, por un momento, que las regularidades económicas fueran tan rígidas como las leyes físicas. Supongamos que las personas responden de manera predecible a los precios, a los incentivos, a la escasez, al riesgo y a las oportunidades. Incluso bajo esa suposición extrema, no se seguiría que los resultados económicos fueran inevitables.
Las leyes podrían ser rígidas y, aun así, los resultados podrían diseñarse.
Los mercados no funcionan en el vacío. Siempre operan dentro de ciertas condiciones: quién posee qué, quién puede participar, qué contratos están permitidos, qué información es visible, qué riesgos asume cada parte y qué ocurre cuando alguien incumple.
Modificar esas condiciones puede cambiar el punto hacia el cual se mueve todo el sistema.
Esto no significa necesariamente controlar cada decisión. De hecho, los diseños más eficaces suelen funcionar de otra manera. En lugar de ordenar directamente a las personas qué hacer, modifican el entorno dentro del cual toman decisiones.
Una escalera no obliga a nadie a subir, pero hace posible cierto movimiento. Una carretera no determina el destino de cada conductor, pero organiza los trayectos disponibles. Del mismo modo, una institución económica puede cambiar costos, recompensas y opciones sin sustituir completamente la voluntad individual.
La persona sigue eligiendo. Pero el paisaje sobre el cual elige ya ha sido construido.
Esta idea resulta especialmente clara cuando pensamos en un equilibrio.
En el lenguaje cotidiano, la palabra equilibrio suele sugerir algo neutral, justo o natural. Sin embargo, en un sistema económico, un equilibrio puede significar simplemente que las decisiones de los distintos participantes son compatibles entre sí.
Nada en esa definición garantiza que el resultado sea igualitario, beneficioso para todos o siquiera deseable.
Es posible imaginar un sistema que se encuentre en equilibrio y, al mismo tiempo, produzca una distribución muy desigual de beneficios y pérdidas. También es posible imaginar que ese equilibrio no habría aparecido espontáneamente, sino que fuera el resultado de reglas diseñadas para conducir la actividad hacia él.
Aquí aparece una posibilidad inquietante: comprender las leyes económicas no solo permitiría describir el mundo, sino también construirlo.
Quien entienda cómo reaccionan las personas a ciertos incentivos puede modificar los incentivos. Quien conozca el valor de la información puede decidir qué información circula. Quien controle las condiciones de entrada, los contratos o las infraestructuras puede influir en el resultado sin necesidad de imponerlo directamente.
No se trataría de violar las reglas del sistema. Se trataría de utilizarlas.
Un buen ejemplo físico es el péndulo invertido. Imaginemos una vara sostenida verticalmente sobre un punto móvil. Su posición natural es caer. Basta una pequeña perturbación para que pierda el equilibrio.
Sin embargo, mediante sensores y correcciones constantes, es posible mantenerla erguida. La gravedad no desaparece. La inestabilidad tampoco. El sistema de control detecta cada desviación y actúa antes de que sea demasiado grande.
Los cohetes utilizan principios semejantes. Su trayectoria depende de ajustes continuos realizados sobre un sistema que, por sí solo, no permanecería estable.
La comparación con la economía no debe tomarse de manera literal, pero sí puede ayudarnos a pensar. Un equilibrio económico también puede mantenerse mediante ajustes, reglas, incentivos y mecanismos de retroalimentación. Puede parecer espontáneo desde fuera, aunque dependa de una estructura cuidadosamente sostenida.
La pregunta, entonces, cambia.
Tal vez el asunto no sea si las leyes económicas pueden romperse. Tal vez el verdadero problema sea quién sabe utilizarlas, quién tiene la capacidad de modificar las condiciones y quién se beneficia del equilibrio resultante.
En física, la ingeniería transforma conocimiento en capacidad de acción. Comprender una ley permite dejar de verla únicamente como una limitación y comenzar a verla como una herramienta.
La gravedad impide que volemos como si no tuviéramos peso, pero también permite calcular trayectorias. La termodinámica limita la eficiencia de las máquinas, pero también hace posible diseñarlas. Las fuerzas que restringen el sistema son las mismas que permiten intervenir sobre él.
En economía podría ocurrir algo parecido.
Las regularidades que parecen imponer resultados inevitables también podrían ofrecer los instrumentos para construir resultados distintos. Si las personas responden a incentivos, los incentivos pueden diseñarse. Si los mercados convergen hacia ciertos equilibrios, las condiciones de esa convergencia pueden alterarse. Si el poder se acumula mediante mecanismos predecibles, esos mecanismos pueden reforzarse, desviarse o contenerse.
Esto lleva a una conclusión más amplia.
La rigidez de una ley no implica la rigidez del mundo.
Entre las leyes fundamentales y los resultados concretos existe un espacio enorme. Allí aparecen el diseño, la información, el poder y la imaginación.
No podemos construir algo que viole las reglas del universo. Pero podemos construir situaciones que el universo, abandonado a sí mismo, casi nunca produciría.
Quizá la pregunta más importante no sea si la economía posee leyes comparables a las de la física. La pregunta es qué ocurre cuando alguien conoce esas leyes lo bastante bien como para convertirlas en una tecnología.
Porque en ese momento, el equilibrio deja de ser únicamente algo que sucede.
También puede convertirse en algo que alguien construye.
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