Hay algo en el ambiente político actual que resulta difícil de ignorar. Uno entra a redes sociales, escucha una conversación en un café, ve una entrevista o lee los comentarios de una noticia, y aparece una sensación conocida: la política se parece cada vez menos a una discusión sobre problemas comunes y cada vez más a una gradería de fútbol.
No porque haya pasión. La pasión política no es un problema en sí misma. Una democracia sin pasión sería una democracia muerta. El problema aparece cuando la lealtad al propio bando empieza a pesar más que el juicio sobre los hechos.
Entonces ocurre algo curioso. Si el adversario político hace algo dudoso, se interpreta como prueba definitiva de corrupción, autoritarismo, ignorancia o mala fe. Pero si el propio bando hace algo muy parecido, de pronto aparecen las explicaciones: “hay que entender el contexto”, “fue una estrategia”, “lo sacaron de proporción”, “los otros hicieron cosas peores”.
Lo interesante no es que esto le pase a “los otros”. Lo inquietante es que puede pasarnos a todos.
La política contemporánea ha aprendido a tocar fibras muy sensibles de la vida social: la frustración, el enojo, el miedo, la esperanza, la necesidad de pertenecer y el deseo de sentir que uno está del lado correcto de la historia. Cuando esas fibras se activan, discutir sobre política deja de ser simplemente discutir sobre impuestos, instituciones, seguridad, educación o empleo. Se convierte en algo más íntimo: una defensa de la propia identidad.
Cuando una opinión se convierte en identidad
A la mayoría nos gusta pensar que nuestras opiniones políticas son el resultado de un análisis cuidadoso. Nos imaginamos como personas razonables que revisan los hechos, comparan argumentos y luego llegan a una conclusión.
A veces ocurre así. Pero no siempre.
Muchas veces el proceso va en la dirección contraria: primero sentimos simpatía o rechazo hacia un grupo político, un líder, una causa o una narrativa; después buscamos las razones que justifiquen esa simpatía o ese rechazo.
Esto no significa que la gente sea tonta. Significa que la mente humana no funciona como una calculadora fría. Funciona también como un sistema de defensa. Protege nuestras lealtades, nuestras pertenencias y la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Por eso, en política, un dato incómodo rara vez entra limpio. Entra acompañado de una pregunta silenciosa: “¿Esto ayuda o amenaza a mi grupo?”
Si ayuda, lo creemos rápido. Si amenaza, lo revisamos con lupa. Si el dato favorece al adversario, pedimos pruebas, contexto, fuentes, matices. Si favorece al propio bando, muchas veces nos basta con que “suene cierto”.
Esa doble vara es una de las señales más claras de que ya no estamos pensando solamente como ciudadanos. Estamos pensando como aficionados.
El hincha no mira la falta; mira la camiseta
En el fútbol, el aficionado rara vez evalúa una jugada desde cero. Si un jugador de su equipo entra fuerte, fue carácter. Si lo hace el rival, fue violencia. Si el árbitro cobra a favor, por fin hizo justicia. Si cobra en contra, está comprado.
La política empieza a funcionar igual cuando lo importante no es la acción, sino quién la hizo.
El mismo acto puede recibir nombres completamente distintos según venga del propio bando o del contrario. Una presión indebida puede llamarse “valentía”. Una contradicción puede llamarse “estrategia”. Un ataque puede llamarse “decir las cosas como son”. Pero si eso mismo lo hace el adversario, entonces se convierte en abuso, cinismo o amenaza democrática.
Aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿tenemos principios políticos o tenemos camisetas?
Un principio es una regla que estoy dispuesto a aplicar incluso cuando perjudica a mi grupo. Una camiseta, en cambio, se defiende siempre. Aunque el jugador cometa falta. Aunque el argumento no cierre. Aunque ayer hayamos dicho lo contrario.
La madurez democrática empieza precisamente ahí: cuando somos capaces de juzgar una acción sin cambiar de criterio dependiendo de quién la ejecuta.
El enamoramiento político
Hay otra comparación útil: el enamoramiento.
Cuando alguien está muy enamorado, no mira a la persona amada como mira a cualquier otra. La idealiza. Le atribuye intenciones nobles. Minimiza sus defectos. Si aparece una evidencia incómoda, muchas veces el primer impulso no es revisar la relación, sino atacar al mensajero.
En la política puede ocurrir algo parecido. Un líder, un partido o un movimiento dejan de ser herramientas imperfectas para resolver problemas públicos y se convierten en objetos de identificación emocional. Ya no se dice solamente “apoyo esta propuesta”, sino algo más profundo: “esta persona me representa”, “este movimiento habla por mí”, “este líder dice lo que yo siempre quise decir”.
A partir de ahí, dudar del líder se vuelve psicológicamente difícil, porque ya no se vive como una simple revisión de criterio. Se vive casi como una traición a uno mismo.
Por eso no basta con presentar datos. Cuando una persona está emocionalmente identificada con una causa, la información contraria puede sentirse como una agresión. Y ante una agresión, la mente no se abre: se defiende.
Esto lo entienden muy bien los estrategas políticos. También lo entienden, a su manera, los algoritmos de redes sociales. El enojo retiene atención. La indignación produce interacción. La pertenencia fideliza. Y la política convertida en espectáculo ofrece algo muy atractivo: un mundo sencillo, dividido entre buenos y malos, donde cada noticia confirma lo que ya queríamos creer.
El negocio de la indignación
La polarización no ocurre solamente porque la gente “no sabe debatir”. También ocurre porque hay incentivos para producirla.
Un discurso que dice “tenemos un problema complejo y debemos analizar costos, límites y consecuencias” suele ser menos emocionante que uno que dice “nosotros somos el pueblo y ellos son los culpables”.
La primera frase invita a pensar. La segunda invita a alinearse.
Y alinearse es más fácil. Da alivio. Ordena el mundo. Ofrece pertenencia. Permite transformar frustraciones dispersas en una historia clara: hay un nosotros honesto, trabajador y cansado; y hay un ellos corrupto, privilegiado o peligroso que impide que el país avance.
Toda sociedad necesita narrativas políticas. El problema aparece cuando la narrativa se vuelve inmune a la realidad. Cuando ningún hecho la modifica. Cuando toda crítica se interpreta como ataque. Cuando toda institución que incomoda al propio bando se vuelve sospechosa. Cuando toda pregunta se considera traición.
Ahí la democracia empieza a perder algo esencial: la posibilidad de corregirse.
La pregunta que incomoda a todos
Hay una forma sencilla, aunque no siempre cómoda, de saber si estamos razonando como ciudadanos o como aficionados.
Consiste en hacerse una pregunta:
¿Yo aceptaría esto si lo hiciera el bando contrario?
Esa pregunta parece simple, pero tiene una fuerza enorme.
Si justifico que mi líder ataque a la prensa, ¿aceptaría que lo hiciera un gobierno que detesto?
Si celebro que mi partido debilite un control institucional, ¿me parecería bien que el próximo gobierno use ese mismo precedente contra los míos?
Si minimizo una mentira porque favorece a mi causa, ¿con qué autoridad voy a denunciar la mentira del adversario?
Si aplaudo una arbitrariedad porque “esta vez sirve para algo bueno”, ¿qué argumento me quedará cuando la arbitrariedad cambie de manos?
La democracia depende de reglas que sobreviven al entusiasmo del momento. Porque ningún grupo gana siempre. Ningún partido gobierna para siempre. Ningún líder conserva eternamente el poder. Las herramientas que hoy se justifican contra “ellos” mañana pueden usarse contra “nosotros”.
Por eso, una ciudadanía seria no sólo pregunta: “¿me gusta lo que están haciendo?” También pregunta: “¿qué precedente estamos dejando?”
Cinco preguntas para salir de la gradería
La próxima vez que una discusión política empiece a parecerse a una pelea entre barras, puede servir cambiar el tipo de pregunta.
En lugar de comenzar por “¿usted apoya o rechaza a tal persona?”, conviene bajar la discusión al hecho concreto:
¿Qué ocurrió exactamente, sin adornos ni insultos?
Luego conviene separar el juicio de la camiseta:
¿Qué regla general deberíamos usar para evaluar una acción como esta?
Después viene la prueba más difícil:
¿Aplicaríamos esa misma regla si esto lo hubiera hecho el bando contrario?
También hay que mirar más allá del enojo inmediato:
¿Qué institución queda fortalecida o debilitada con esto?
Y, finalmente, la pregunta democrática por excelencia:
¿Qué pasaría si el próximo gobierno usa este mismo poder contra nosotros?
Estas preguntas no eliminan el desacuerdo. Tampoco convierten la política en una conversación tranquila entre ángeles racionales. Pero ayudan a recuperar algo que se pierde con facilidad: la capacidad de juzgar con cierta distancia.
No se trata de no tener preferencias. Todos las tenemos. Se trata de no entregarle por completo nuestro juicio a la preferencia.
Volver a pensar en común
Una democracia no necesita ciudadanos sin emociones. Necesita ciudadanos capaces de reconocer sus emociones sin dejarse gobernar totalmente por ellas.
Tampoco necesita que todos pensemos igual. El conflicto es parte natural de la vida pública. Hay intereses distintos, visiones distintas, prioridades distintas. Eso no es una falla del sistema democrático; es precisamente la razón por la que necesitamos democracia.
Pero una cosa es tener adversarios y otra cosa es fabricar enemigos absolutos.
El adversario compite conmigo dentro de un marco común. El enemigo, en cambio, debe ser eliminado, humillado o silenciado. Cuando la política cruza esa línea, las instituciones dejan de verse como garantías compartidas y empiezan a verse como obstáculos que sólo sirven si favorecen a mi lado.
Ahí es donde la ciudadanía debe detenerse.
La verdadera prueba democrática no ocurre cuando mi grupo gana y puede hacer lo que quiere. Ocurre cuando pierde, cuando es investigado, cuando es criticado, cuando una institución le pone límites, cuando una resolución no le conviene, cuando una noticia le incomoda.
La pregunta no es solamente qué país queremos cuando mandan los nuestros. La pregunta más seria es qué reglas estamos dispuestos a respetar cuando mandan los otros.
Tal vez salir del estadio político no significa abandonar la pasión. Significa aprender a mirar la jugada antes de mirar la camiseta.
Y eso, en tiempos de ruido, ya es una forma importante de lucidez.
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